04 de Julio de 2008  


Nacimiento y evolución de una industria


   Dos ciudades se mezclaban rápidamente en una sola en aquel Maracaibo de 1926, que apenas llegaba a los 50.000 habitantes. Dos realidades se solapaban para conformar la nueva ciudad: de una parte, la de la terraza del Club del Comercio, en la plaza Baralt, con su grupo de alemanes vestidos de blanco y sentados en óvalo, de acuerdo a jerarquías, dirigentes de las exitosas casas comerciales que habían monopolizado desde 1890 la exportación del café andino y santandereano a Europa, y que ahora, perdida la supremacía del café en la economía nacional y en franca disminución sus exportaciones, estaban en agonía o en plena retirada, y por la otra, la deslumbrante ciudad en crecimiento convertida en sede administrativa de una actividad petrolera transformadora de lo rural. Entre ambas, y especialmente bajo el impulso de la segunda, la ciudad había cambiado. Su paisaje urbano, que antes era de bestias y de tranvías eléctricos, y de burros y de carretas, ahora se estaba llenando de novedosos autos. Su estructura socioeconómica que antes era tan simple, los que tenían el poder de las armas y del dinero y los que nada tenían, se había convertido en un sistema complejo de redes sofisticadas que incluían ahora a los que controlaban la tecnología y a una naciente clase media que diversificaba el comercio, los oficios liberales y nutría a una creciente burocracia oficial. Y mientras la alta sociedad marabina se moría por la moda Tutan Kamen, los pescadores se quejaban ante el gobernador Pérez Soto por la reducción de su pesca debido a la entrada de agua salada en el Lago que ocasionaba el lastre de los vapores petroleros a su regreso de Curazao.

   En aquella ciudad que se volvía rápidamente una sola, algunos leyeron con desasosiego en El Excelsior de los Hnos. Criollo las últimas noticias sobre el mercado del café en la revista que regularmente sacaba Breuer, Möller & Cía. Sucs., donde se informaba que el precio internacional del café tenía una tendencia decreciente y que los compradores del norte preferían el café del Brasil, por tratarse de "calidades mejor beneficiadas y de un grano más sólido", al café andino. Otros se detuvieron en la noticia sin descorazonarse, pues un sueño estaba en ciernes y un proyecto estaba por cumplirse, y esas informaciones leídas al azar no iban a desanimarles en su empresa.

   Se trataba de Armando Capriles, que tenía vocación de empresario, y de su sobrino, Fernando Mendes Chumaceiro, un joven oficinista y contador que había nacido en Curazao en 1899, y que con apenas 27 años se hizo cargo de la modesta empresa, en la condición de socio industrial. Fernando, que reduciría su nombre a Fernando M. Chumaceiro, se dedicó con su hermano Ernesto, a los que se uniría Edgardo, su otro hermano, dos años más tarde, a montar las tres pequeñas tostadoras de un saco cada una en un pequeño local del hato El Palacio, frente a los potreros de El Milagro. Desde allí salían por el centro de la ciudad a ofrecer casa por casa su café tipo americano. Algunos técnicos estadounidenses de la industria petrolera, deseosos de tomar buen café, les habían estimulado a establecer la empresa, y allí estaba ya el fruto de su esfuerzo. Los granos de café, producidos en tierras andinas, se adquirían a las empresas distribuidoras que funcionaban en la ciudad, y eran molidos y tostados con leña, en hornos empotrados en ladrillos. A partir de aquel 24 de julio de 1926, cuando fue lanzado al mercado el primer lote de Café Imperial, comenzó la gesta de aquella empresa que años más tarde estaría asociado estrechamente al progreso industrial de Maracaibo.

   En sus inicios la empresa era muy modesta: contaba apenas con cuatro obreros; Fernando era jefe de ventas y Ernesto encargado de la planta. Poco a poco fueron convenciendo a la gente de la excelencia de su café. Las ventas aumentaban y el local inicial se hacía pequeño. Se mudaron entonces a un local de la calle Ciencias, cerca de la estación de los tranvías, en el año de 1928. Allí introdujeron algunos cambios, especialmente en cuanto a la presentación del producto. Los primeros empaques utilizados, que eran sacos y latas, fueron sustituidos por paquetes de medio kilo, más comerciales entre el gran público. Además, comprendieron el valor de la propaganda: se popularizó la marca Imperial con sus colores rojo y amarillo, y se creó el primer eslogan publicitario de la empresa: "Café Imperial, el emperador de los cafés venezolanos". Las ventas al mayor se hacían en tambores de veinte kilos y las del detal en pequeños paquetes. Y se abrió en el centro de la ciudad una venta al detal, que se llamó Cafetería Imperial, que funcionaba conjuntamente con un pequeño almacén de venta al mayor de víveres importados. En esos años se ampliaron las ventas del producto a Cabimas. El propio don Fernando iba, superando las incomodidades del viaje, en los vaporcitos que surcaban el Lago, de pueblo en pueblo, visitando los campos petroleros.

   En 1935 la empresa se había fortalecido, y continuaron los cambios, que es una constante de la firma desde su nacimiento: don Fernando adquirió la cafetería a su tío Armando, su socio, y a la empresa se incorporó José Manuel López, que fue luego uno de sus grandes baluartes, trabajando con tesón para engrandecerla. Ese año fue creado otro lema para la empresa, que corrió con suerte y continúa hoy todavía identificando a Café Imperial en todo el país y fuera de él. Se trata de "Calidad comprobada en su taza". Se amplió la fábrica, y a las tres tostadoras originales se le agregaron dos modernas tostadoras francesas. Un agresivo plan de ventas sobrepasó las fronteras estatales y llevó al producto a los estados Falcón, Trujillo, Mérida y Táchira. La empresa, que se convirtió en peregrina, porque su rápido crecimiento la obligaba a mudarse continuamente, se trasladó entonces a su tercer emplazamiento, al hato Villaflor, en la avenida 5 de Julio, en un garaje de zinc pintado de rojo, ubicado frente al actual Hotel Detroit.

   La continua expansión de la empresa y su obsesión en la búsqueda de la excelencia, la hizo cada vez más ávida de materia prima de primera calidad. Entonces se adquiría la producción que venía de las tierras altas de los Andes, donde el café arábica se producía bajo sombra y se beneficiaba en gran parte con el método húmedo, lo que garantizaba una mayor calidad del grano verde, empacado en sacos de fique. Para asegurarse ese abastecimiento y hacerlo regular, Imperial estableció estrechas relaciones comerciales en 1938 con Ríboli, Abbo & Cía., una de las principales casas comercializadoras de café en Venezuela. Esta vinculación con expertos conocedores de la actividad, y con ramificaciones en las principales zonas productoras, le dio a la empresa un renovador impulso: inició a la gerencia de Café Imperial en una de las fases claves del negocio: la selección de granos de primera calidad para garantizar un producto de excelencia, y la vinculó de más en más con la actividad cafetalera en todas sus etapas.

   En 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial, inaugurando al poco tiempo un gran desabastecimiento de productos de todo tipo en los mercados de la periferia. Esa oportunidad es aprovechada por Café Imperial para incursionar tímidamente en los mercados de Aruba y Curazao.

   En 1948 Café Imperial se convierte en compañía anónima. Los accionistas son once, y su composición evidencia claramente su naturaleza de empresa familiar y su preocupación por hacer a sus empleados partícipes de sus logros. En Santa Rosalía, cerca de Puente España y al frente del Mercado Libre, la empresa construye, por fin, su primera sede propia, cesando un poco ese nomadismo que la llevó de un lado al otro de la ciudad. El nuevo edificio es equipado con modernas tostadoras, molinos más perfeccionados y máquinas automáticas para empacar el café. El ascenso es incontenible, pero surgen problemas en la nueva ubicación, pues los vecinos se quejan de que el humo de la planta contamina el aire. Café Imperial adopta el sistema de "quemar el humo de las chimeneas", estableciendo por primera vez en el país ese procedimiento, lo que habla mucho de su preocupaciones ambientales y de su respeto a la comunidad donde está enclavada.

   El 30 de marzo de 1952 se amplió la empresa con un importante aporte de capital de la Sociedad Anónima Tito Abbo Jr. & Hnos. El capital se incrementa a Bs. 2.200.000, dividido en 2.200 acciones de Bs. 1.000 cada una. Las innovaciones prosiguieron: en 1954 se introdujo el sistema de enlatado al vacío; en 1960 se construyó la nueva planta situada en la avenida principal de La Pomona y se amplía el capital a cuatro millones de bolívares; en 1961 Imperial produjo por primera vez café instantáneo, lo cual la hace pionera en ese campo en el país.Complementariamente a estos avances tecnológicos, la empresa inicia una serie de actividades para mejorar el bienestar de sus trabajadores: establece en 1956 una Caja de Ahorros para su personal; crea un Plan de Vivienda para sus trabajadores; implanta un programa de atención médica gratuita para sus empleados y obreros; inicia un programa de becas para los hijos y los familiares de sus trabajadores y para los jóvenes más destacados de la comunidad, que hasta 1966 había beneficiado a dos graduandos en sus estudios superiores; establece un fondo de seguro que protege a sus trabajadores en casos de incapacidad total, y a sus familias en caso de muerte; y lleva a cabo un plan de préstamos a corto plazo y a bajo interés que permite a sus trabajadores atender sus necesidades más urgentes. En la década de 1980 la empresa moderniza aún más sus instalaciones, introduciendo modernas máquinas de empaque y embalaje. La presentación del producto se diversifica para atender mejor a los distintos consumidores, en sus gustos y posibilidades. Encontramos así los paquetes de 50, 100, 250, 500 y 1.000 gramos, los frascos de 50, 100 y 150 gramos y las latas, cerradas al vacío, de 400 y 800 gramos.

   En 1990 Imperial se hace merecedora de la marca Norven de calidad, como un reconocimiento a sus grandes esfuerzos para elaborar un café de primera, con materia prima rigurosamente seleccionada y exigentes controles de calidad aplicados en todas la fases de elaboración del producto, para ser consecuente con su lema, divisa de la empresa desde 1935: "Calidad comprobada en la taza" , que es la prueba de fuego de la excelencia. Esa excelente calidad en taza, orgullo de la empresa, es la síntesis de muchos factores: del tipo de grano y del beneficio en el campo, de una mezcla rigurosa de diferentes calidades de café verde, de cuidadosos procesos de torrefacción y molienda, de una adecuada conservación al vacío y de un celoso control de distribución del producto que garantice su frescura.

   Esa circunstancia la ha llevado a ser pionera, en la agroindustria del café, en campos tales como la automatización, la utilización de hojalata en el empaque, la aplicación del vacío en la lata y en su empaque de papel y , finalmente, en el procesamiento de café instantáneo en Venezuela.

   Ahora sus hijos y sus nietos continúan la obra de don Fernando, quien, en 1926, hace setenta años, tuvo un hermoso sueño que el trabajo, la constancia, la pasión y el sentido de responsabilidad hicieron realidad, y la convirtieron en un ejemplo perdurable de la laboriosidad del pueblo zuliano, orgullo del país.



   Maracaibo, Plaza Baralt,
   Esquina MacGregor 1923.




   Armando Capriles Myerston
   Fernando M Chumaceiro
   Capriles y Fernando
   Chumaceiro Chiarelli.




   Sede de la Cafetería
   Imperial en la calle Comercio.
















   Anuncio comercial de Café
   Imperial en un programa de
   televisión, 1953. Aparecen
   Amalia Pérez Díaz, María
   Teresa Acosta y Efraín de la
   Cerda.
   




   Café Imperial, pionera en la
   automatización de la industria
   del café.




   "Calidad comprobada en la
   taza"
   Merecedora del sello de
   calidad Norven en 1990.
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